El estudio de seroprevalencia señala que solo el 4,9 por ciento de los aragoneses se ha contagiado por el coronavirus. Este bajo porcentaje invita a pensar en la posibilidad de nuevos rebrotes ante la falta de inmunidad. Aún son muchos los riesgos

No estamos donde queríamos. Tras dos meses de confinamiento e inmersos en una desescalada asimétrica, repleta de dudas y quejas sobre los ritmos, los datos del estudio de seroprevalencia del Instituto Carlos III han supuesto un jarro de agua fría. La exigencia de quedarse en casa, convertida en un motivador empeño en la lucha contra la covid-19, confirma que el virus sigue ahí fuera y que solo el 5 por ciento de la población nacional se ha infectado (en Aragón un 4,9 por ciento). Los datos son tan bajos que, además de desatar la preocupación entre la comunidad científica por la ausencia de la deseada ‘inmunidad de rebaño’, ya se habla de la posibilidad de un rebrote. Tal y como explicaba Juan José Badiola a HERALDO, existen «altas posibilidades» de que vivamos un nuevo pico. «La inmunidad de grupo es muy baja. Para tener una barrera potente tendría que estar entre el 60 y el 70 por ciento». Bajo idéntica preocupación se expresaba el también veterinario Nacho de Blas, que alerta de que el 5 por ciento de positivos puede servir como barrera de inmunidad en verano, pero en invierno puede convertirse en un problema, además de las dudas que esto destila sobre la oportunidad de pasar a la siguiente fase de la desescalada.

La principal ventaja del informe de seroprevalencia es que se ha convertido en el primer dato fiable desde la llegada de la enfermedad a España, algo que debería permitir la construcción de una respuesta mucho más sólida y ordenada. Hasta la fecha solo contábamos con los datos territorializados de los casos registrados y el número de fallecidos, por lo que con esta información, aparte de haber confirmado la alta letalidad y peligrosidad de la covid-19, se posee el primer estudio estadístico que va más allá de los números derivados de la presión asistencial.

Sin datos, sin informes y sin la extensión y universalización de los test se han venido tomando decisiones desconociendo el terreno que se pisaba. En un oportuno artículo difundido por el Círculo Cívico de Opinión dos de los más reconocidos científicos aragoneses, Luis Oro y Alberto Jiménez Schuhmacher, han lamentado la estrategia diagnóstica inicialmente empleada asegurando que «las naciones que mejor están soportando la crisis sanitaria actuaron más rápida y eficazmente. En los primeros momentos realizaron un elevado número de pruebas diagnósticas: esto permitió identificar rápidamente a las personas contagiadas y a sus contactos para aislarlos».

«Tras dos meses de confinamiento e inmersos en una desescalada asimétrica, los datos del estudio de seroprevalencia son un jarro de agua fría»

La extensión de los test se hace imprescindible. Este trabajo, además de actuar como elemento de detección de los casos asintomáticos para su control y aislamiento, permite actuar sobre la estadística y su proyección. Las pruebas son la mejor herramienta descongestionadora de la sanidad y el único medio para conocer el curso de la pandemia. Por ello, resulta incomprensible -salvo que la decisión estuviera motivada por el deseo de frenar la estadística- la estrategia inicialmente desplegada que desaconsejaba los test masivos. Han sido muchos los mensajes erráticos como, por ejemplo, el que hace mención al uso de las mascarillas, pero trabajar a ciegas, sin datos, resulta un despropósito.

Hasta que llega la vacuna, además de realizar los test, es necesario no bajar la guardia ni permitir ningún relajo. La enfermedad no respeta ni se acomoda a las fases descritas por el Gobierno. Solo la prudencia compartida puede frenar al coronavirus.

La firma por Mikel Iturbe . Publicado en Heraldo de Aragón el 17 de mayo de 2020

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