La sociedad no puede rendirse ni ante la enfermedad ni ante sus terribles consecuencias económicas, pero resulta imprescindible que tanto la UE como todos los agentes políticos asuman la gravedad de una crisis que requiere de ayudas y consenso.

Tras semanas encerrados, interpretando lo que ocurre desde el límite que marcan los metros cuadrados de nuestra casa y con la puerta de la calle como frontera, se echa de menos a la Unión Europea. Carente de una solidaridad rotunda, sin aclaraciones a pie de página, la Europa que encabezan los países del norte no está dando respuesta a las reclamaciones de los países que más están sufriendo el azote del coronavirus. Los socios, como ha venido ocurriendo en muchos de los compromisos estratégicos que deberían haberse abordado bajo la bandera de las doce estrellas, se muestran más preocupados por lo propio que por lo compartido, confirmando que solo se sienten cómodos cuando toca pelear por los asuntos normativos que regulan las leyes del mercado. Puede que esta crisis sanitaria esté sirviendo para redimensionar nuestras expectativas respecto a la UE o que, sencillamente, esta sea la medida del proyecto, dañado tras la salida del Reino Unido, pero Europa está siendo incapaz de corregir la creciente sensación de desamparo.

Con unas cifras de destrucción de empleo escalofriantes y con un tejido empresarial roto, mayoritariamente compuesto por pymes, las diversas medidas aprobadas por el Gobierno se confirman insuficientes. Si al peso de los datos sumamos la situación de los autónomos, en plano de desigualdad y desprotección, la no existencia de un enérgico plan europeo de actuación y socorro puede dejar a España varada. La decisión de paralizar la economía, asentada en el convencimiento del Ejecutivo de que tras el estado de alarma la demanda se activará y que la recuperación será rápida, ha dejado al país en un plano de incertidumbre, en especial cuando se desconoce cuál será la evolución de la enfermedad y, por extensión, el momento -el confinamiento quedó ayer nuevamente ampliado- en el que todos arrancaremos para recuperar la normalidad. No existe otra prioridad que las vidas humanas, pero si Europa no se replantea la naturaleza de sus ayudas y no reorienta tanto su proyecto político como la tipología de las medidas la recuperación será lenta e incierta.

Con unas cifras de destrucción de empleo escalofriantes, las diversas medidas aprobadas por el Gobierno se demuestran insuficientes

Estos días, en los que la crítica política queda parcialmente diluida en beneficio de quien está gestionando la crisis sanitaria y la búsqueda de una salida a esta anómala situación es un deseo compartido, la memoria y el presidente Sánchez han querido recuperar la imagen de los Pactos de la Moncloa. Ejemplo de un esfuerzo grupal y de renuncias personales, aquellos acuerdos transversales permitieron a España superar un dramático momento histórico que guarda paralelismos con la actual situación. La filosofía del pacto, que no exime del futuro rendimiento de responsabilidades políticas, tendría que inundar los despachos de la UE y del Congreso para dotarlos de la misma sensibilidad y entrega que estamos viendo en los hospitales y con la que se conducen las miles de personas a las que diariamente aplaudimos.

Resistir frente a la adversidad, una emoción que Benito Pérez Galdós supo destacar en los ‘Episodios Nacionales’ al narrar la heroica resistencia de los zaragozanos -«mientras comían aquellos mendrugos tan duros como el guijarro, cundió en el batallón la opinión unánime de que Zaragoza no podía ni debía rendirse nunca»-, puede ser una clave anímica imprescindible para encarar los próximos meses, pero Europa y España, coordinadas y unidas, deben ofrecer más certezas y una nueva generosidad política.

La firma por Mikel Iturbe . Publicado en Heraldo de Aragón el 5 de abril de 2020