La superación de la crisis del coronavirus exige de un profundo acuerdo político y social pero, con carácter previo, es imprescindible el reconocimiento de los errores cometidos. Tras la depuración de responsabilidades habrá que acometer cambios

Pedir perdón a los ciudadanos por los errores cometidos se ha convertido en una extendida práctica entre los políticos. Dicen que les confiere proximidad y humildad, aunque quizá más que las públicas disculpas, que nunca están de más, lo que hoy comienza a reclamarse es la depuración de responsabilidades. La formulación política del perdón, que suele actuar como freno frente a un creciente malestar, solo resulta sincera si viene acompañada de movimientos, relevos y cambios. Puede que ahora no sea el momento, enfrascados como estamos en la urgencia por salvar vidas, pero la demanda de responsabilidades es el siguiente paso a la contrición.

En los últimos días, el presidente Javier Lambán y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, han expresado públicamente sus disculpas, reconociendo, respectivamente, diversos fallos en la gestión de la crisis sanitaria y en la falta de velocidad en el socorro que demandaba Italia. Aunque en las muchas comparecencias de los ministros del Gobierno se ha descolgado alguna que otra disculpa, todavía se echa en falta una rotunda petición de perdón por parte de Pedro Sánchez que corrija, sin ir más lejos, las palabras del ministro del Interior, Fernando Grande Marlaska, en las que insistía que el Ejecutivo no tenía «ningún motivo para arrepentirse de nada».

La recuperación de la credibilidad de todos y cada uno de los gobiernos implicados en esta crisis, dañada por una larga relación de improvisaciones, solo se logrará cuando tras la superación de la pandemia se adopten decisiones que incorporen cambios en muchos de los actuales cuadros políticos y técnicos. Si algo está demostrando esta crisis es que las casualidades no existen y que tras cada decisión o inacción siempre aguarda una consecuencia que termina por incorporarse a nuestra percepción de confinados. Tan intolerable como que no se adopten medidas es que el Gobierno juegue con las palabras para dotarlas de la intencionalidad que busca una oportunidad política.

Si algo está demostrando esta crisis es que las casualidades no existen y que tras cada decisión o inacción aguarda una consecuencia

Nada que no conozcamos y nada que los manuales de periodismo y sociología no describan con precisión, aunque una evidencia en exceso grotesca en estos tiempos de pandemia en los que se nos reclama unidad, colaboración y prudencia. Que, por ejemplo, cada encuesta del CIS signifique un nuevo giro hacia el asombro puede dañar tanto la reputación de José Félix Tezanos como la del presidente Sánchez, pero que en el último sondeo se pregunte sin sonrojo sobre la oportunidad de cercenar y censurar las informaciones relativas al coronavirus solo describe la pobre opinión que a este Gobierno le merece la libertad de prensa. Tan excepcional se presenta esta crisis que interrogar sobre el control de los medios de comunicación, so pretexto de evitar los bulos, puede resultar perversamente oportuno para dotar de sentido a la manipulación.

La defensa de la Democracia requiere de un respeto compartido y de un fuerte criterio de unidad y para todo ello es necesario incorporar la humildad que exige el reconocimiento de los errores. La recuperación de la normalidad, que ya no volverá a ser como la recordamos, solo se alcanzará tras fuertes cambios, tanto en los hábitos sociales como en los económicos, pero nunca renunciando a nuestro sistema de garantías y gracias a la ayuda de alguna sincera petición de perdón.

La firma por Mikel Iturbe . Publicado en Heraldo de Aragón el 19 de abril de 2020