La crisis del coronavirus ha confirmado, al igual que lo vivido en el colapso económico de 2008, que los mecanismos que pensábamos nos advertirían con antelación de lo que podía ocurrir han vuelto a fallar. ¿Volverá a pasar lo mismo en el futuro?

Días antes de que el Gobierno decretase el estado de alarma, Eduardo Comas, médico de Atención Primaria del centro de salud de Cedrillas (Teruel), ofreció a sus vecinos las primeras charlas sobre el coronavirus. Como él mismo dice, no hizo «nada especial», tan solo explicó qué era el virus, cómo se prevenía e insistió en la necesidad de «lavarse las manos y guardar dos metros de distancia entre las personas». La anticipación de Comas -como la de otros médicos del medio rural- ha logrado, al menos hasta la fecha y esperemos que así continúe, que en toda la comarca no se haya registrado ni un solo caso de Covid-19. Un médico de pueblo, un calificativo en absoluto menor convertido hoy en todo un atributo de inteligencia y anticipación, se ha convertido en el mejor vigía y la mejor defensa contra la enfermedad.

Ocurrió en la crisis de 2008 y ha vuelto a repetirse en esta pandemia: el sistema de previsión y advertencia no ha funcionado. Si en el descalabro financiero y económico de hace doce años pocos supieron anticipar el desastre que se avecinaba, hoy hemos incurrido en idénticos errores. No solo no teníamos a ningún vigía oteando el horizonte sino que, además, los exégetas nos hicieron creer que el problema del coronavirus residía en la dificultad del sistema sanitario para soportar la llegada de otra ‘gripe’. Se ha desmoronado la economía, mejor dicho, se ha decidido que desaparezca temporalmente (hibernada, se asegura), quedando por descubrir si las garantías de cobertura pública son suficientes para evitar el hundimiento. En 2008, tal y como relata la película ‘La gran apuesta’, dirigida por Adam McKay (2015), solo un pequeño grupo de inversores supo descubrir lo que realmente estaba pasando y la primera respuesta del sistema fue negar la dimensión del desastre. Los vigías, además de ausentes, formaban parte del entramado que garantizaba la supuesta imposibilidad del derrumbe. Solo unos pocos se atrevieron a levantar las banderas advirtiendo de que aquella burbuja estaba a punto de explotar.

Los años de superación de la crisis ignoraron la urgencia por fortalecer las redes de prevención económica, sanitaria o social optando por un sistema que ha vuelto a quedar en evidencia. La presencia de las administraciones y la responsabilidad de nuestros representantes, que no es lo mismo que ver diariamente por televisión a un par de ministros y los fines de semana a Pedro Sánchez, exigían de un replanteamiento de las prioridades, un verdadero cambio presupuestario y normativo que nos debía haber preparado ante las adversidades. Nuevamente, los vigías no estaban en su sitio y ni siquiera se asomaron para escuchar las noticias que llegaban de China o para advertirnos que, al igual que en Cedrillas, había que extremar las precauciones.

Llegan meses complicados, días de enormes sacrificios pero, prioritariamente, se aproxima el momento de examinar el papel de los vigías

No podemos permitir que superado el confinamiento el coronavirus resulte vencedor por habernos robado una parte de nuestras vidas, de nuestros trabajos o de nuestra educación. Tras la progresiva ganancia de normalidad urge recuperar el tiempo perdido y borrar por completo los mensajes que solo cobran sentido en estos días y que, desde luego, no pueden extenderse al ordinario de nuestra existencia. Apostar académicamente por un aprobado general o por recortar el curso escolar, ignorando que el esfuerzo va a ser una constante, es una idea equivocada. Todo cuesta, hasta convencer a Europa -que parecía el primero de los vigías- está requiriendo de un esfuerzo especial y por ello no podemos volver a equivocarnos.

Llegan meses complicados, días que requieren de enormes sacrificios pero, prioritariamente, hay que examinar el papel de los vigías. Hace falta una profunda reflexión sobre las decisiones adoptadas, porque sin crítica, sin preguntarnos qué hacían los que debían dar la voz de alarma, volveremos a cometer los mismos errores. Los vigilantes han fallado y continúan errando al negar, ante nuestro estupor, toda equivocación o responsabilidad.

 

La firma por Mikel Iturbe . Publicado en Heraldo de Aragón el 12 de abril de 2020